Miedos infantiles.

En esta página se describe en qué consisten los miedos infantiles, cuándo debemos considerar que nos encontramos ante un miedo evolutivo (no patológico) y, en caso contrario, cómo detectar la necesidad de acudir a un profesional.

Miedos infantiles: Conceptualización.

Pilar Rico Carnero

Psicóloga General Sanitaria
Experta en psicología clínica infantil

A menudo la estrecha relación que existe entre los miedos, la ansiedad o las fobias específicas genera cierta confusión a la hora de conceptualizar una conducta (o respuesta) que se observa en el individuo. Es por ello que estos tres términos deben estar correctamente diferenciados para una buena evaluación.
El miedo y la ansiedad son respuestas psicofisiológicas que surgen como reacción a una
amenaza en un momento determinado, ya esté la misma presente o sea imaginada. Ambas reacciones implican una activación neurofisiológica del Sistema Nervioso Autónomo, alteraciones comportamentales externas y sentimientos y estados emocionales que a menudo resultan desagradables y molestos para el sujeto (Martínez, 1990).
Se considera que el miedo llega a constituir un trastorno psicológico (fobia) cuando genera malestar clínicamente significativo, porque repercuta negativamente en el área personal, familiar, escolar y/o social durante un tiempo considerable (Méndez, Inglés, Hidalgo, García-Fernández y Quiles, 2003).
Si bien es cierto que los diagnósticos, como el de “fobia específica”, procuran una comunicación más objetiva entre los miembros de la comunidad científica, lo cierto es que en la práctica los criterios temporales para establecer un diagnóstico (como la presencia de los síntomas durante seis meses que propone el DSM-V) generan en ocasiones confusión en lo que a los miedos infantiles se refiere, ya que son, en su mayor parte, de carácter temporal, porque se resuelven en el curso de la maduración del niño. Sin embargo, es precisamente esta concepción de que con el paso del tiempo se resolverán la que a menudo procura un agravamiento y cronificación que puede desencadenar en una fobia específica, requiriendo ayuda profesional.

Definición de los miedos infantiles.

Los miedos infantiles evolutivos son una emoción que surge con el propósito de preservar el desarrollo infantil, ya que son necesarios para la supervivencia de la especie, por ejemplo, procuran que el niño no se vaya con un desconocido, que tema animales peligrosos o se aleje de calles oscuras.
Al igual que la ansiedad puede funcionar de forma adaptativa (si nos sirve para evitar un peligro real u obtener soluciones congruentes con la situación que vivimos) el miedo es una emoción que puede resultar completamente funcional, como en los ejemplos del párrafo anterior.
Se considera que el miedo opera de forma adaptativa cuando es una alarma “bien calibrada”, que se presenta ante un peligro real. En este caso, una regulación emocional adecuada vendría caracterizada por la capacidad de la persona para retomar un estado de calma cuando el estímulo desaparece.
Por contra, el miedo se vuelve patológico cuando constituye una alarma mal ajustada, tanto en su activación como en su regulación (André, 2005). Es decir, se activa cuando no existe peligro o permanece demasiado cuando el peligro ha pasado.
Los miedos infantiles, en este sentido, constituyen una excepción, y esto se debe a que pueden producirse a pesar de no presentarse (e incluso no existir) el estímulo amenazante. Sabemos por ello que es frecuente que los niños tengan miedo a fantasmas, a que alguien se cuele en casa por la noche o a animales que jamás han visto fuera de los libros.

Miedos evolutivos.

Tal y como enuncian Méndez et al (2005): “El miedo constituye un primitivo sistema de alarma que ayuda al niño a evitar situaciones potencialmente peligrosas. Es una emoción que se experimenta a lo largo de la vida, aunque las situaciones temidas varían con la edad. El desarrollo biológico, psicológico y social, propio de las diferentes etapas evolutivas (infancia, adolescencia, etc.), explica la remisión de unos miedos y la aparición de otros nuevos para adaptarse a las cambiantes demandas del medio”.
Según la literatura científica, en un análisis más descriptivo, los miedos infantiles de carácter evolutivo tienden a ser compartidos por niños y niñas en función de su edad de desarrollo, estableciéndose como los más frecuentes según criterio cronológico los siguientes:

  • Durante el primer año. Estímulos intensos o desconocidos, como ruidos fuertes y personas desconocidas para el bebé, ajenas a su contexto.
  • Hasta los seis años. Animales, tormentas, oscuridad, seres fantásticos como brujas o fantasmas, catástrofes y separación o divorcio de los padres.
  • De los seis a los doce años. Miedo al daño físico, al ridículo y, más próximo a la adolescencia, a las enfermedades y accidentes, al bajo rendimiento escolar y a las desavenencias entre los padres.
  • Desde los doce hasta los dieciocho años. Prevalecen los miedos relativos a las relaciones interpersonales y la pérdida de la autoestima. En esta etapa del desarrollo, con la llegada de las interacciones sociales se produce un decremento del temor a otro tipo de daño (como el daño físico) y va en aumento el miedo al rechazo, a hablar en público o a hacer el ridículo (Méndez, Inglés e Hidalgo, 2002).

A través del desarrollo cognitivo, esto es, de la capacidad del niño para entender el mundo y su funcionamiento, los miedos se pueden ir superando gracias al conocimiento y con apoyo de los padres. Con el aprendizaje y las experiencias, el niño va comprendiendo e interiorizando qué cosas son realmente peligrosas y cuáles no, de tal forma que, tras múltiples ocasiones en las que, por ejemplo, el niño experimenta que a pesar de quedarse dormido con la luz apagada y sólo en su habitación no aparece el hombre del saco se produce dicho aprendizaje y el miedo cae por su propio peso.

Manejo de los miedos evolutivos.

Como padres y madres o cuidadores, la tarea de procurar que los hijos vayan resolviendo y superando sus temores implica desplegar una serie de actuaciones a nivel emocional y conductual que colaborarán a que el niño supere adecuadamente el miedo y, además, generarán un fortalecimiento de su autoestima y capacidad de regulación emocional.
A pesar de que los miedos evolutivos no requieran de un tratamiento específico, la ayuda en la gestión de los mismos por parte de los padres constituye un factor de protección fundamental para evitar que estos temores “se enquisten" o se conviertan en situaciones problemáticas.
Lo primero, es calmar al niño. El vínculo que une al niño con sus padres hace que su sola presencia y apoyo incondicional ayuden a que el niño se tranquile. Siempre que el adulto proporcione una base que genere seguridad, que transmita un apoyo incondicional y que valide las emociones que el niño está sintiendo.
Algunas de estas conductas específicas que pueden ejercer como factores de protección son las siguientes:

  • Mostrar afecto y protección tanto verbalmente como con acciones no verbales. Por ejemplo, agacharse, ponerse a su altura mostrar afecto y protección. Es una forma de aprovechar y construir un vínculo seguro con el niño.
  • Procurar que el niño exprese su emoción y validarla, sin decirle que no tiene sentido lo que siente. Hay que transmitirle que es lógico que sienta miedo y que se puede enfrentar a lo que teme, transmitirle que puede sentir miedo y enfrentarlo.
  • Nombrar la emoción y explicarle que lo que siente es desagradable, pero que le prepara para enfrentarse a lo que teme. Es decir, darle sentido a su miedo: explicarle en qué consiste y para qué sirve.
  • Desarrollar una narrativa respecto a aquello temido que esté a su alcance según su nivel cognitivo.
  • Normalizarlo sin quitarle importancia: aunque como adultos sepamos que lo que le ocurre al niño es fruto de su edad y tiene carácter temporal, él no lo sabe, y su miedo y el sufrimiento que tiene es real.
  • Fomentar conductas de autonomía de forma gradual (por ejemplo, para procurar que duerma solo).
  • Cuando el niño se exponga al temor, reforzar siempre sus intentos, aunque no logre mantenerse en la situación (por ejemplo, estar a oscuras).
  • Creer que son capaces de superar su miedo y transmitírselo, pero no a través de la presión (ej. “ya eres mayor, esto para ti no es nada”) sino de la empatía (“es difícil, pero sé que lo vas a conseguir”).
  • Acompañarle a explorar aquello que le infunde temor. 
  • Autorrevelación: que los padres desvelen a sus hijos los miedos que tuvieron en su infancia constituye una herramienta muy potente, ya que el niño siente que se empatiza con él y se le comprende, al tiempo que se le envía el mensaje de que lo que le ocurre se puede superar.

 

Cuando solicitar ayuda profesional.

Los miedos infantiles son evolutivos y, si se gestionan adecuadamente, no es habitual que sean objeto de tratamiento. Sin embargo, si por el contrario las experiencias del niño en relación a ese miedo han sido de evitación y no se han desarrollado (o fomentado) estrategias de afrontamiento esto puede evolucionar hasta convertirse en un trastorno de ansiedad, como por ejemplo una fobia específica.
La ansiedad en los niños se presenta con frecuencia en forma de llanto, a través de rabietas, con la petición constante de abrazos o incluso con la inhibición (el niño deja de hacer cosas, se bloquea). Además, los niños no suelen percibir sus temores como excesivos e incluso en ocasiones no expresan malestar (Gutiérrez y Caballo, 2005), por ello en muchas ocasiones no piden ayuda o incluso son reacios a recibir tratamiento.

La solicitud de ayuda profesional debería realizarse si:

  • El miedo se ha prolongado mucho en el tiempo y en lugar de disminuir va en aumento.
  • A pesar de generar el espacio y condiciones propicias para la superación de ese miedo, el niño no muestra ninguna mejora.
  • El niño evita constantemente y con una reacción desproporcionada cualquier estímulo que esté relacionado con el temor (por ejemplo, no quiere ir al colegio porque hay un parque donde puede haber perros).
  • Para contrarrestar la ansiedad que le genera un determinado objeto, situación o pensamiento comienza a hacer pequeños rituales.
  • El temor está generando malestar significativo y deterioro de las áreas fundamentales de la vida del niño (fracaso escolar, síntomas de depresión, etc).

Bibliografía

André, C. (2005). Psicologia Del Miedo/The Psychology of the Fear: Temores, Angustias Y Fobias/Fright, Anguish and Phobias. Editorial Kairós.
Gutiérrez, S. G., & Caballo, V. E. (2005). Miedos infantiles y estilo de educación: diferencias y similitudes entre España y Costa Rica (Doctoral dissertation, Universidad de Granada).
Martínez, M. T. G. (1990). Los miedos en el niño: Aspectos teóricos y un estudio directo. Aula, 3.
Méndez, F. X., Inglés, C. J., Hidalgo, M. D., García-Fernández, J. M., & Quiles, M. J. (2003). Los miedos en la infancia y la adolescencia: un estudio descriptivo. Revista Electrónica de Motivación y Emoción, 6(13), 150-163.
Méndez, F.X., Inglés, C.J. e Hidalgo, M.D. (2002). Estrés en las relaciones interpersonales: Un estudio descriptivo en la adolescencia. Ansiedad y Estrés, 8, 23-31.

1/6/2019

Otros trabajos del mismo equipo
Otros trabajos del mismo equipo
Cursos para psicologosACT
Curso sobre la filosofía y teoría de ACT

Entra para verlo

Powered by
Quodem