Lucía
Arranz Rico
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Una definición conceptual completa de las Dificultades de Aprendizaje (DA) y sobre la que existe un mayor consenso es la siguiente:
“Las dificultades de aprendizaje son un término genérico que se refiere a un grupo heterogéneo de trastornos, manifestados por dificultades significativas en la adquisición y uso de la capacidad para entender, hablar, leer, escribir, razonar o para las matemáticas. Estos trastornos son intrínsecos al individuo, y presumiblemente debidos a una disfunción del sistema nervioso, pudiendo continuar a lo largo del proceso vital. Pueden manifestarse problemas en conductas de autorregulación e interacción social, pero estos hechos no constituyen por sí mismos una dificultad de aprendizaje. Aunque las dificultades de aprendizaje se pueden presentar concomitantemente con otras condiciones discapacitantes (por ejemplo déficit sensorial, retraso mental, trastornos emocionales severos) o con influencias extrínsecas (como diferencias culturales, instrucción insuficiente o inapropiada), no son el resultado de dichas condiciones o influencias” (NJCLD- National Joint Committee on Learning Disabilities- en 1988).
El perfil más generalizado del adulto con dificultades de aprendizaje se caracteriza por tener una inteligencia de tipo medio, déficits neuropsicológicos selectivos y un rendimiento académico inferior al esperable en función de su CI. Varios estudios ponen de relieve un rendimiento verbal inferior al manipulativo (Portellano, 1993).
La evaluación deberá ir dirigida a explorar cuatro aspectos principalmente:
Evaluar cuidadosamente dichas áreas nos puede ayudar a realizar un diagnóstico diferencial inicial, pero también nos da mucha información de cómo enfocar el tratamiento, en qué aspectos tendremos que incidir, qué objetivos iniciales nos plantearemos, a qué debemos dar prioridad.
La evaluación inicial, antes de comenzar el tratamiento, es útil para valorar la evolución seguida en el tratamiento (retest) y no perder el norte. Muchas veces ocurre a los terapeutas que trabajan con niños con dificultades de aprendizaje, que pierden la referencia de la normalidad, por eso la valoración utilizando baremos nos ayuda a tomar conciencia de la dificultad real del niño. Esto no anula el mérito de la observación directa del terapeuta. Los datos objetivos (provenientes de los tests) y los subjetivos (provenientes del terapeuta) son complementarios.
Por lo que respecta a los aspectos Intelectuales, algunas características comunes de las DA en el adulto, encontradas a partir de la valoración de la escala de inteligencia Wechsler, son las siguientes:
Los marcadores neuropsicológicos en los niños con DA indican que estos niños presentan inmadurez en su sistema nervioso y aumento significativo en la cantidad e intensidad de los signos neurológicos menores, algunos de ellos:
En el área instrumental, hay dificultades en el manejo de;
Con relación a los trastornos emocionales, estos no son la causa
de las DA pero es frecuente la concomitancia entre dichas dificultades
y la presencia de alteraciones emocionales. Esto se debe en parte a la
experiencia escolar frustrante en la mayoría de los niños
con DA, a la incomprensión a la que se ven expuestos por parte
de los adultos que muchas veces les tachan de “vagos”, a
la situación de indefensión ante la que se encuentran,
etc.
Huntington y cols., 1993, demuestran que los adolescentes con DA presentan
un aumento severo del riesgo de depresión y suicidio, así como
un negativo desarrollo emocional. Otros trabajos (Ritter, 1989) indican
que los adolescentes con problemas de aprendizaje presentan alto nivel
de ansiedad con tendencia a la somatización.
En el I Congreso Nacional sobre la Prevención de las Dificultades de Aprendizaje y Dislexia (1993) se cuestiona la conceptualización de las dificultades de aprendizaje como un trastorno del desarrollo, y se plantea que quizás debería replantearse esta conceptualización hacia la consideración de las dificultades de aprendizaje como una deficiencia permanente apoyándose en la idea de la persistencia de las DA durante toda la vida y la presencia de una huella neurobiológica en las DA.
Existe consenso en afirmar que el perfil de los adultos es similar al de los niños con DA, ya que los síntomas persisten en el tiempo (McCue, 1986; Spreen, 1982), aunque sus manifestaciones son distintas según la fase del desarrollo, y las necesidades también varían en función de la edad.
En cualquier caso, lo que sí se tiene que tener en cuenta es
que el tratamiento debe estar estructurado teniendo en cuenta las características
particulares de la persona que tiene dificultades de aprendizaje. Por
supuesto, el trabajo debe estar dirigido y supervisado por un especialista
en este tipo de dificultades. No solo será importante el tipo
de ejercicio elegido sino también la valoración de la actitud
de la persona con dificultades en su forma de abordar la tarea que se
le propone. En este sentido el papel del reeducador es fundamental dado
que es el que observa, dirige y modela dicha actitud. Por todo ello se
crea una relación y un vínculo entre el alumno y el reeducador
que, como en cualquier tipo de terapia, juega un papel determinante en
el proceso de recuperación del alumno.
Otros trabajos del mismo autor

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