Violencia contra la mujer

Esta página sobre la violencia contra la mujer empieza distinguiendo entre sexo y género, mitos que facilitan que la violencia contra la mujer se mantenga, como se da esa violencia en la pareja, la figura del maltratador y las consecuencias físicas y psicológicas que tiene en la mujer

Violencia contra la mujer

Sexo y Género

La violencia de género tiene que ver con “la violencia que se ejerce hacia las mujeres por el hecho de serlo”, e incluye tanto malos tratos de la pareja, como agresiones físicas o sexuales de extraños, mutilación genital, infanticidios femeninos, etc.

Hay que distinguir entre las diferencias debidas al sexo, que alude a las diferencias biológicas y anatómicas entre hombres y mujeres, de las establecidas por el género, que alude a los diferentes rasgos y roles que deben tener y desempeñar hombres y mujeres (lo masculino y lo femenino) como producto de una construcción puramente social y utilitaria (Alberdi y Matas,2002).

La violencia de género se produce fundamentalmente cuando existen vínculos afectivos o de parentesco o relaciones de poder en el entorno laboral. Normalmente, el agresor es un conocido, de ahí la reincidencia de los episodios.

Susana Velázquez (2003) amplía la definición de violencia de género: Abarca todos los actos mediante los cuales se discrimina, ignora, somete y subordina a las mujeres en los diferentes aspectos de su existencia. Es todo ataque material y simbólico que afecta su libertad, dignidad, seguridad, intimidad e integridad moral y/o física.

En la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer (Beijing, 1995) se reconoció que “la violencia de género procede de la desigualdad entre hombres y mujeres, siendo el resultado de la creencia alimentada por la mayoría de las culturas, de que el hombre es superior a la mujer con quien vive, que es posesión suya y que puede ser tratada como él juzgue adecuado” (IV Conferencia mundial de la ONU sobre las mujeres, Beijín, 1995). La violencia de género nace, pues, de la desigualdad cultural y social entre hombres y mujeres. Es común a muchas sociedades, aunque en cada una puede adoptar formas distintas.

Existe una relación entre violencia, poder y roles de género (Susana Velázquez, 2006). Aunque la sociedad va cambiando, los estereotipos acerca de los roles asociados a cada género  han aludido a una supremacía del hombre con respecto a la mujer, al haber asignado a los hombres, a lo largo de la historia, valores como el dominio, el poder y el control frente a  la sumisión y dependencia de las mujeres, lo que, a largo plazo, puede llevar al uso de la violencia como un instrumento para mantener su autoridad. La violencia sería consecuencia de un desequilibrio de poder dentro de la pareja.

El hombre, por su constitución física, tenía la labor fundamental de la caza y la guerra, mientras que la mujer tenía el cuidado de la prole. Mientras que para el hombre el desarrollo de la violencia era positivo para su labor, para la mujer lo era la capacidad verbal, para poder evitar la violencia que únicamente podría perjudicarla físicamente a ella y a su prole y comunicarse con su entorno, normalmente otras mujeres en su misma situación. Estas diferencias se han plasmado en la diferentes capacidades de hombre y mujeres, los hombres con la fuerza física y una mejor capacidad visoespacial y las mujeres con mejor fluidez verbal y miedo a la violencia física.

Estas diferencias físicas han dado lugar a  una división del trabajo entre hombres y mujeres que se ha perpetuado, aunque ahora no es necesario cazar para comer y la violencia física ya no se da de forma habitual en nuestra sociedad y la división de trabajo entre hombres y mujeres tampoco se da, ya que la mujer hace lo mismo que el hombre, porque la fuerza bruta ya no tiene un papel en la producción. Por eso, aunque las diferencias debidas al sexo siguen existiendo, las diferencias debidas al género, es decir, las debidas al rol social que desempeñan, se van diluyendo.

Algunos mitos que contribuyen a que la violencia contra la mujer se mantenga

  • Es mejor que la mujer aguante al lado de su pareja por los hijos.

Lo cierto es que los hijos se convierten en una víctima más del maltrato, de forma directa o indirecta. A largo plazo los modelos violentos de los padres les favorecen que puedan aprender comportamientos violentos que pueden repetir en sus futuras relaciones, ya sea como víctima o como agresor. A corto plazo,  presenciar la angustia y miedo de su madre les genera la confusión e inseguridad. , Diversas investigaciones demuestran que los niños expuestos a conductas violentas  presentan promedios más altos en medidas de ansiedad, depresión y síntomas traumáticos (Adamson y Thomson, 1998; Holden, Geffner y Jouriles, 1998).

  • El maltrato es un asunto privado de la familia y nadie debe inmiscuirse.

El maltrato es un asunto social. Se trata de un delito tipificado en el Código Penal. Hay el aspecto moral de defender a alguien que no puede hacerlo solo.

  • Con el tiempo el maltratador cambiará.

Las situaciones de maltrato, con el tiempo, tienden a empeorar.

  • Se da en casos raros y aislados.

Es un problema social que puede afectar a cualquiera. Según datos de la unión europea, una de cada cinco mujeres es víctima de violencia (Labrador, Rincón, de Luis y Fernández, 2004) y afecta a todas las clases sociales por igual.

  • El maltrato psicológico no es tan grave como el maltrato físico.

Las continuas desvaloraciones y humillaciones pueden provocar secuelas graves en la salud mental e incluso física de la mujer.

La violencia contra la mujer en la pareja

Es “todo acto de abuso contra las mujeres cometido por varones, cuyo sistema de creencias les legitima a ejercer el dominio, la autoridad, el control o la posesión sobre sus parejas y consideran que, para  lograrlo, está justificado ocasionar daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico, amenazar con tales actos, coaccionar, privar de libertad, y cualquier otra forma en que se puede ejercer el abuso de poder.” (Esther Ramos, 2006).

Características

La violencia dentro de la pareja tiene una serie de características que la diferencian de otros tipos de violencia:

  • es una conducta continuada en el tiempo. No se trata de un hecho puntual, sino de un proceso. Consecuencias: tensión, estrés, fatiga.
  • el agresor es alguien conocido con quien la víctima mantiene fuertes lazos afectivos y, en su caso, convive, lo que lleva no sólo a una mayor frecuencia de los episodios agresivos, sino a una continua sensación de miedo e hipervigilancia que la van debilitando física y psicológicamente.
  • normalmente tiene lugar en un sitio que se supone fuente de seguridad y protección: el hogar. Consecuencias: sentimiento de inseguridad, desconfianza.
  • la víctima puede ser considerada cómplice o responsable del maltrato. Consecuencias: sienten vergüenza de sufrir maltrato, de no ser capaces de poner fin a la situación o romper con su pareja.
  • hasta hace poco no era una violencia reconocida socialmente como tal, con la falta de apoyo y comprensión que esto conlleva.  Consecuencias: falta de información acerca de dónde acudir o cómo proceder. Miedo y desconfianza del entorno y las autoridades o profesionales.
  • este tipo de violencia provoca en la víctima sentimientos de vergüenza y culpa, por lo que tienden a ocultarlo. Consecuencias: imposible poner fin a la situación, el maltrato se perpetúa y va minando a la mujer.
  • la propia dinámica del maltrato provoca en la mujer sentimientos ambivalentes hacia la figura del agresor, lo que favorece el mantenimiento de la violencia. Consecuencias: no le denuncia, no le abandona, le justifica e incluso racionaliza su conducta, interiorizando y llegando a creer todo lo que él la dice.
  • el autor del maltrato tiene una buena imagen pública. De puertas para afuera puede ser simpático, amable y educado, lo que le permite pasar inadvertido. Consecuencias: frustración, esperanza de que cambie, pensamiento de que nadie la va a creer.
  • baja autoestima  en la víctima, que intenta compensar obteniendo el reconocimiento del maltratador.

En la mayoría de los casos, los episodios de maltrato comienzan durante el noviazgo (Echeburúa, Corral, Sarasua y Zubizarreta, 1996). La presencia de algún tipo de agresión psicológica en los primeros meses de relación es un buen predictor de futuros episodios de maltrato físico (Murphy y O’Leary, 1989; O’Leary, Malone y Tyree, 1994).

Figura del maltratador

No existe un perfil de maltratador. Puede ser cualquier persona que utilice el maltrato con su pareja con el fin de dominarla o controlarla, pudiendo ser encantador e incluso seductor en otros contextos. Gran parte de los estudios más recientes coinciden en este punto (Amor, Echeburúa y Loinaz, 2009; Eckhardt, Samper y Murphy, 2008; Fernández-Montalvo, Echeburúa y Amor, 2005; Johnson, Gilchrist, Beech, Weston, Takriti, y Freeman, 2006; Scott, 2004; Stanford, Houston y Baldridge, 2008).

En la actualidad existen diversas perspectivas teóricas que tratan de explicar por qué una persona llega a maltratar a su pareja. Algunas de ellas consideran el maltrato a partir de las características del agresor y otras a partir  de la interacción de pareja. También existen otras más globales, como el modelo ecológico de Bronfenbrenner, adaptado a este contexto (Dutton, 1981) que proponen cuatro niveles de análisis  (macrosistema, que incluye las creencias y valores de la cultura patriarcal; ecosistema, compuesto por la comunidad más próxima y las instituciones sociales; microsistema, referido a las relaciones de la persona con su entorno cercano, como la familia, la pareja… e individual, referido a los factores individuales) y otras perspectivas más sociológicas (Echeburúa, Amor, P. J., Corral, 2009).

Entre las características que se han visto más asociadas a la figura del maltratador caben destacar las siguientes:

  • alta necesidad de control y poder. Recurriendo a la violencia si hace falta para dominar a la mujer.
  • problemas de posesividad y celos. Cree que la mujer le pertenece y siente frustración ante la posibilidad de perderla, le falte el respeto u ofenda su masculinidad.
  • baja autoestima
  • déficit del control de impulsos
  • irritabilidad
  • dificultad para expresar sentimientos y emociones
  • falta de control sobre la ira
  • baja tolerancia a la frustración
  • cambios bruscos de humor
  • ideas distorsionadas acerca de la mujer. Comportamiento sexista
  • déficit en la resolución de problemas. Resolución hostil de los conflictos.
  • maltrato a otras mujeres
  • atribución externa de sus errores
  • normalidad aparente de cara al exterior
  • justifica y racionaliza su conducta violenta

(Ferreira, 1992, Echeburua y Corral, 1998; Garrido 2001, Lorente, 2004)

No obstante, si bien los principales resultados indican que los agresores suelen presentar con frecuencia estas características, es importante resaltar que también hay otras personas que las presentan y no ejercen el maltrato. En este contexto, las idas irracionales del maltratador con respecto al rol de la mujer y su necesidad de tener las cosas bajo control, les hacen interpretar determinadas situaciones y comportamientos  como desafiantes u ofensivas, provocándoles frustración y sensación de pérdida de control.  La falta de habilidad para expresar sus sentimientos y para no dejarse llevar por sus impulsos puede favorecer el uso de la violencia con el fin de doblegar a su pareja. De esta forma, consigue que haga lo que él quiere y la conducta violenta se ve reforzada positivamente.  Este carácter reforzador puede llevar a una persona a seguir ejerciendo el maltrato.

El maltratador es responsable del maltrato. Sólo una pequeña parte (en torno al 20%) presenta propiamente un trastorno mental (Dutton y Golant, 1997; Sanmartín, 2000, 2002; Echeburúa y Corral, 2002; Klein y Tobin, 2008). En esos casos, los más frecuentes serían la psicosis (con ideas delirantes de celos y persecución) y el consumo abusivo de alcohol y drogas (Caetano, Vaeth y Ramisetty-Milker, 2008). También algunos trastornos de personalidad pueden favorecer la aparición del maltrato, como es el caso del trastorno borderline (Fernández-Montalvo y Echeburúa, 2008; Huss y Langhinrichsen-Rohling, 2006), el paranoide, el narcisista (Rojas Marcos, 1995) y la psicopatía, caracterizada por la falta de empatía en las relaciones interpersonales, la manipulación o la ausencia de remordimiento ante el dolor causado.

Sin embargo, en todos los maltratadores aparecen alteraciones psicopatológicas (falta de control de impulsos, falta de habilidad en el manejo de las emociones, celos patológicos, dificultades en la comunicación, irritabilidad, etc.) y distorsiones cognitivas en relación con el papel social de la mujer y con la legitimación del uso de la violencia, así como con la aceptación de la responsabilidad del maltrato (Madanes, Keim y Smelser, 1998).

En cuanto a los tipos de hombres violentos contra la pareja, existen múltiples estudios que, en general, tienden a coincidir (Amor, 2009). Normalmente la agrupación se realiza en función de la gravedad y extensión de la violencia y las características psicopatológicas de los agresores (Holtzworth-Munroe y Stuart, 1994; Fernández-Montalvo y Echeburúa, 1997).

Actualmente el debate gira en torno a dos ideas: si todos los hombres que maltratan lo hacen para dominar a sus parejas y si la violencia de pareja es una cuestión de género o un problema de relaciones interpersonales (Echeburúa, J. Amor, Corral,2009).

Consecuencias físicas para la mujer maltratada

La violencia contra la mujer se ha convertido en un factor esencial en el deterioro de su salud, ya que afecta tanto a nivel físico, como psicológico y social, por lo que se ha declarado como prioridad de salud pública en todo el mundo (OMS, 1996).

La violencia por parte de la pareja puede afectar de diversas formas. En general, la mujer maltratada tiene más problemas de salud que otras mujeres.  También,  empeora aquellos problemas de salud que tuviera anteriormente (Mc Cauley, 1999). Es la tercera causa de pérdida de años saludables en la vida de la mujer, después de la diabetes y los problemas relacionados con el parto (Lorente, 2001).

 Dado el carácter reiterativo de los episodios violentos puede incrementarse el riesgo de sufrir síntomas físicos:

  • Variados: cefaleas, dolores crónicos, alteraciones funcionales, fibromialgia, trastornos gastrointestinales, síndrome del colon irritable …
  • Síntomas sexuales: dispareunia, falta de deseo, vaginismo o  anorgasmia.
  • Heridas, fracturas y lesiones, que van desde pequeñas contusiones hasta incapacidad severa y muerte.

Consecuencias en la salud reproductiva

  • Embarazos no deseados, abortos, complicaciones durante el embarazo, parto prematuro, bajo peso al nacer o infertilidad.
  • Mayor riesgo de padecer a enfermedades de transmisión sexual, como el VIH o el virus del papiloma humano.
  • Dolor pélvico crónico, flujo vaginal y/o problemas premenstruales.
  • En  una investigación llevada a cabo por Coker, A.L. y cols. (2000), las mujeres que alguna vez experimentaron violencia por parte de su pareja íntima presentaban un mayor riesgo de desarrollar cáncer cervical invasor  y neoplasia cervical preinvasora, ya fuera a causa del estrés psicosocial crónico o por la transmisión del virus del papiloma humano durante los episodios de agresión sexual.

Además, el estrés asociado a una situación crónica de maltrato puede llevar a la mujer a realizar conductas perjudiciales para su salud, como abusar del alcohol y otras sustancias, tabaquismo y trastornos de la conducta alimenticia (Koss y col., 1991).

Se sabe que estas mujeres acuden al médico con más frecuencia que otras y que muchas de ellas admiten ser víctima de abusos en las consultas, de ahí la importancia de capacitar a los trabajadores de Atención Primaria a detectar el abuso, reaccionar de una manera comprensiva y derivar cuando sea necesario (Heise, L., 1996). También deben saber aconsejadas acerca de su seguridad y las opciones que pueden considerar en el ámbito legal (Hyman, A., 1996).

Consecuencias psicológicas: cuadros psicopatológicos asociados a la violencia de género

La violencia de género puede provocar una serie de trastornos psicológicos entre los que se encuentran:  Depresión, trastornos de la alimentación, alteraciones del sueño, trastornos de ansiedad como agorafobia, ansiedad Generalizada, trastorno obsesivo compulsivo, ataques de pánico,  abuso de sustancias, intentos de suicidio

Mención aparte merece el trastorno por estrés postraumático.

Trastorno por estrés postraumático (TEPT ) y violencia de género

Según el DSM-IV-TR, el TEPT aparece cuando la persona ha experimentado o ha sido testigo de un suceso altamente estresante que implica un peligro para su integridad física o la de otra persona y cuando la reacción emocional experimentada conlleva intensas respuestas de miedo, indefensión o de horror.

Las características principales de este cuadro clínico son las siguientes:

  • la reexperimentación persistente del suceso en forma de flashbacks, pesadillas, recuerdos o imágenes indeseadas y desagradables o impresiones sensoriales, como olores o sonidos, con carácter intrusivo, que escapan al control voluntario de la víctima y que provocan un intenso malestar psicológico.
  • la evitación cognitiva y conductual de aquellos estímulos que pueden recordarle lo sucedido, acompañada de una especie de embotamiento psíquico y emocional.
  • respuestas persistentes de hiperactivación, tales como dificultad para conciliar y mantener el sueño, irritabilidad, respuesta de sobresalto exagerada, dificultades de concentración o estado permanente de alerta.

Diversos estudios confirman la frecuencia de aparición de este trastorno en las víctimas de violencia de género (Amor, Echeburúa et al., 2002; Echeburúa, Corral, Amor, Sarasua y Zubizarreta, 1997; Zubizarreta, Sarasua, Echeburúa et al., 1994).

El Trastorno de Estrés Postraumático puede ser agudo (si los síntomas duran menos de tres meses) o crónico (más de tres meses). De inicio demorado (cuando entre el acontecimiento traumático y la manifestación de los síntomas han pasado, como mínimo, seis meses) o inmediato.

Algunas teorías como la de la indefensión aprendida o el síndrome de adaptación paradójica pretenden explicar como se generan estos trastornos.

Teoría de la indefensión aprendida

La Teoría de la Indefensión Aprendida, formulada en su inicio por el psicólogo Martin Seligman (Seligman, 1967), nos ayuda a entender por qué la mujer permanece en una situación de maltrato. Según este autor la indefensión es un "estado psicológico que se produce frecuentemente cuando los acontecimientos son incontrolables".

En el caso de la violencia doméstica, ante la falta de resultados que siguen a sus intentos por terminar con la situación de maltrato, la mujer aprende que haga lo que haga será castigada y la violencia no desaparecerá, lo que, a la larga, la lleva a un estado de desesperanza y apatía que hace que deje de intentar cambiar la situación en la que vive y no rompa con el maltratador.

Síndrome de adaptación paradójica (SAPVD)

El Síndrome de Adaptación Paradójica, planteado por Montero (A. Montero, 2001), es una aplicación del llamado Síndrome de Estocolmo al ámbito de la violencia doméstica. Explica cómo las mujeres víctimas de violencia de género desarrollan un paradójico vínculo afectivo con el maltratador, “llegando a asumir las excusas esgrimidas por el agresor tras cada episodio de violencia y aceptando sus arrepentimientos, retirando denuncias policiales”. Se describe el SAPVD como un conjunto de procesos psicológicos que por medio de la respuesta cognitiva, conductual y fisiológico-emocional culmina en el desarrollo de un vínculo interpersonal de protección entre la víctima y el agresor (Montero, 2001), es decir, la mujer crea un vínculo afectivo con su agresor que impide que abandonarle o denunciarle.

Se alcanza a través de 4 fases:

  • Fase desencadenante. Comienza con la primera agresión física. La relación sentimental deja de ser un espacio seguro y de confianza.  Consecuencias: ansiedad, accesos ocasionales de ira, estado permanente de alerta, provocado por el miedo a que se repita el incidente. Posteriormente, la mujer sufrirá depresión, ante su incapacidad de cambiar el contexto, el sentimiento de pérdida y la acumulación de emociones negativas.
  • Fase de reorientación. La sensación de inseguridad en un lugar que se supone fuente de confort y seguridad (el hogar), unida a la sensación permanente de miedo y de incertidumbre ante el hecho de que la amenaza provenga de alguien que ella eligió para compartir su vida, provoca desorientación e incertidumbre en la víctima.  Consecuencias en la autoestima y en su propia identidad.  deterioro psicofísico de la víctima; estado crónico de ansiedad y estrés, intensos sentimientos de culpa y vergüenza.
  • Fase de afrontamiento. La víctima trata de afrontar la situación, lo que dependerá de cómo perciba sus  propios recursos, del apoyo social disponible y de su estado psicofisiológico en general. Al producirse las agresiones sin ningún orden prefijado, la víctima no puede desarrollar estrategias de control, aumentando la sensación de incertidumbre y confusión. Consecuencias: estrés crónico, aumento del estado depresivo, de los sentimientos de culpa y vergüenza, embotamiento emocional y aumento de las conductas de pasividad e indefensión.
  • Fase de adaptación. En esta fase, la víctima se adapta (paradójicamente) a la violencia de su agresor. Ante la incapacidad de hacer uso de sus propios recursos o solicitar ayuda al exterior aprende la situación hostil seguirá haga lo que haga (indefensión aprendida), lo que la llevará a adaptarse a la situación desarrollando un vínculo paradójico con el maltratador, mediante un proceso de identificación traumática, a través del cual sólo aceptará sus aspectos positivos (arrepentimiento, excusas, promesas, etc.), desechando los negativos y desplazando la culpa hacia elementos externos al maltratador (O’Leary et al, 1989).

Consecuencias: a partir de este momento, toda la información y que lleguen a la mujer pasarán por el filtro del nuevo modelo mental que ha asumido (Montero, 2001), lo que dificultará que ponga fin a su situación.

15/11/2010

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